
Resulta imposible conocer a Bach sin haber escuchado las maravillosas interpretaciones del gran Glenn Gould. En efecto, este pianista canadiense, alumno de Alberto Guerrero, logró la máxima perfección en la interpretación del célebre compositor barroco. Muchos críticos consideran imposible el que alguien llegue a superarlo en este ámbito. Con una existencia relativamente efímera - y una “vida artística” aún más corta -, se presenta al principiante como un enigma indescifrable.
Glenn Herbert Gould nació un 25 de septiembre de 1932 en Toronto en el seno de una familia de músicos. Su abuelo era primo de Edvard Grieg y aprendió el piano con su madre. A los 10 años de edad fue al Royal Conservatory of Music. Su primer concierto data de 1945 (tocando el órgano) para aparecer al año siguiente con una orquesta, ejecutando el Concierto para Piano nº 4 de Beethoven.
Su primera presentación pública tuvo lugar en 1947. Diez años más tarde, realiza un viaje a la Unión Soviética siendo el primer pianista norteamericano en visitar ese país después de la Segunda Guerra Mundial.
El 10 de abril de 1964 toca por última vez en público, en Los Ángeles, anunciando su retiro de los escenarios en la cúspide de su carrera internacional. Argumentó aburrimiento por la interpretación en vivo, y de ahí en adelante se dedicó solo a la grabación en estudio, donde pensaba, sería más útil a la música. Por esta época, desarrolla un gran interés por las modernas formas de grabación siendo uno de los primeros intérpretes clásicos en utilizar sistemas digitales.
Es legendaria la preparación, detalle y seriedad con que enfrentaba cada grabación no habiendo regrabado nunca una pieza, a excepción de las Variaciones Goldberg, cuya primera versión grabó en 1955, y la segunda en 1981, completamente distinta, poco antes de su muerte.
Gould publicó más de 60 discos con un amplísimo repertorio que abarcó desde Bach hasta Schoenberg, desde Beethoven hasta Shostakovich, a quien popularizó en Occidente. Sus versiones de Bach son sin duda alguna las más acabadas y en las que manifiesta toda su genialidad.
No solo su genialidad lo hizo famoso, también, su estilo personal de interpretación y sus “excentricidades”: Saludaba apenas extendiendo la mano para retirarla apenas hacía contacto con los dedos de su interlocutor, interpretaba con peculiares movimientos de su cuerpo, cuando los pasajes no requerían su utilización, con su mano izquierda (era zurdo además) llevaba el compás cual director de orquesta, tarareaba constantemente, sobretodo en los pasajes más complejos y para finalizar, adoptaba una muy poco ortodoxa posición al tocar, con el tronco totalmente abatido, los hombros en una posición muy baja, casi “agazapado”. Tampoco podemos olvidar su obsesión casi enfermiza por utilizar siempre la misma silla, que lo acompaño en cada una de sus presentaciones y grabaciones.
Con posterioridad a su muerte, algunos científicos han intentado explicar su comportamiento señalando que posiblemente padecía del síndrome de Asperger.
Murió en Toronto el 4 de octubre de 1982 después de sufrir una embolia cerebral.
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