
La visita de la Presidenta a la República Popular China, fue marcada por sendas declaraciones – y desafortunadas a la vez - que merecen ser analizadas desde el punto de vista de la consecuencia ética que debe iluminar nuestro pensamiento, articular nuestras palabras y guiar nuestros actos.
Me refiero obviamente a la “posición chilena” (que estoy seguro, la mayoría rechaza) sobre el tema del Tíbet y Taiwán. No es posible que para nuestro país la solución a los sufrimientos del pueblo tibetano sea un asunto interno de China que no merezca rechazo y condena internacional. Tampoco, que las continuas amenazas con demostraciones de poder cada vez más intensas en el mar que separa a China de Taiwán puedan pasar por alto. El doble estándar es atemorizante. En Chile se luchó y murió por defender los Derechos Humanos y para los vecinos y socios hacemos la vista gorda (cuando lea China, por favor incluya a Cuba, Venezuela y compañía).
El tema me recuerda el concepto de “autodeterminación de los pueblos”, esgrimido con fuerza por naciones que buscaban terminar con el colonialismo en la década de los 60 y recogido por Naciones Unidas en sus resoluciones 1514, 1541 y 2625 entre otras. En principio se entiende como “el derecho de un pueblo a decidir sus propias formas de gobierno, perseguir su desarrollo económico, social y cultural y estructurarse libremente, sin injerencias externas y de acuerdo con el principio de igualdad”. El problema salta a la vista… la libertad que establece reconoce límites… ¿cierto? Irónicamente son las dictaduras y totalitarismos los que echan mano a este concepto “progresista” para atrincherarse frente a la comunidad internacional… ¡¡¡Pero el hacerles caso y llevarles el amén no es obligatorio!!!
Si a este panorama agregamos que el repudio al accionar del gobierno chino es unánime dentro de nuestro criollo panorama político, no se entiende el tácito respaldo de nuestra presidenta. Tampoco se entendería un silencio cómplice (igualmente inmoral) pero al menos sería menos escandaloso.
Como corolario… ¿Será realmente importante preguntarse - y saber - si para nuestra Presidenta los Derechos Humanos se tiñen de acuerdo a la ocasión (son para ciertas personas y para otras no), o si los vínculos comerciales, Juegos Olímpicos y relaciones diplomáticas con un gigante industrial y Miembro Permanente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas pesan más que las torturas, amenazas, ejecuciones y genocidio?


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Si. Pesan más que las atrocidades que pueda estar haciendo la comunista libremercadista China con el Tibet.
No creo que se les haya pasado por la cabeza el hacer una declaración abogando por los derechos humanos, y condenando el actuar del país que más "desarrollo" promete, porque habría sido un total harakiri a la economía chilena.
Pero como estamos ante un proceso político que se rige por tendencias y no por los valores o ideologías características de cada gobierno, no me asombra el que la presidenta no se haya referido a esto, más aún, haber dicho de que el Tíbet es parte de "una sola China". Ahi me levanto y me dijo "What the hell?".
En fin, neta conveniencia política y económica.
Saludos