
La reforma educacional chilena llevada a cabo durante la dictadura militar se basa en principios simples y aventurados, a saber: a) Pudiendo elegir, la gente siempre opta de modo correcto y b) A mayores opciones - más competencia - siempre mejora el nivel de oferta global de los productos.
Partiendo de esta base, tiene sentido incorporar ideas básicas de mercado al sistema educacional. Con su elección, la gente privilegiaría los mejores colegios y, el libre acceso a la creación de otros que compitan con los existentes presionaría a todos a mejorar y ofrecer mejor educación.
Sin embargo, para que esto que suena tan bonito funcione, se requiere - a lo menos -, la verificación de dos hechos: i) Que efectivamente haya una competencia por los alumnos de parte de los colegios y ii) Que la elección de los padres sea correcta.
Fue la mente fecunda de Milton Friedman, la que concibió esta idea de forma original, proponiendo soluciones a los dos puntos señalados con anterioridad: respecto a i) que el financiamiento a los colegios (públicos o privados) sea proporcional al número de alumnos que estos logran atraer. Así, existe un incentivo tangible para “pelear” por los alumnos y frente al segundo problema, ii) que se genere información pública en cantidad y calidad suficiente sobre la calidad de la educación que entrega cada colegio.
En nuestro país, ambas soluciones se han aplicado en alguna medida. Se ha subvencionado la escolaridad en lo que se denomina un sistema de “voucher implícito”. Existe un monto de dinero financiado por el Estado que se “mueve con el alumno” y que se entrega al colegio que recibe a dicho alumno. En cuánto al segundo aspecto, hace algunos años ha comenzado a hacerse público el resultado de la prueba SIMCE, medida más o menos objetiva, de la calidad de la educación en los colegios chilenos.
La reforma, fue atacada duramente y desde su inicio por los más afectados por ella: el Colegio de Profesores. Los profesores sostienen que el “producir educación” es algo demasiado complejo para ser entendido por los padres y por consiguiente, es imposible que puedan elegir bien un colegio. Señalan además que los colegios particulares (subvencionados o no) pueden seleccionar sus alumnos quedándose con “la crema del mercado”, es decir, con los “buenos” alumnos, los más fáciles y baratos de educar. El resto, iría a los colegios municipalizados.
Esta realidad no puede desconocerse. El sistema trae como resultado el agrupar a los buenos alumnos por un lado y a los malos por otro. Sin embargo, al igual que Caroline Hoxby y Gretchen Weingarth (que tienen un paper muy bueno al respecto - Hoxby, Caroline M. and Gretchen Weingarth, “Taking Race Out of the Equation: School Reassignment and the Structure of Peer Effects”, Mimeo, Harvard University, 2005), creo que este resultado no es tan indeseable como parece. Se ha comprobado que, ceteris paribus, clases más homogéneas son mejores para los alumnos. Como comentario anexo que podrá discutirse posteriormente, es importante destacar que no está tan claro en qué dimensiones un alumno es bueno o malo aunque muchos profesores están de acuerdo en que se trata de características socioeconómicas, siendo los alumnos pobres y/o en riesgo social los malos.
Volvamos a la realidad. No cabe duda que los colegios están compitiendo por los alumnos. Consignemos que de no ser así, ningún profesor alegaría. Lo que es más complicado de evaluar es si los padres están eligiendo bien los colegios. En otros términos: está la demanda realmente respondiendo a la calidad de los colegios y no a otras características (nombre del colegio, ubicación geográfica, color del uniforme, color de pelo del alumnado, cilindrada de los vehículos de los apoderados, etc.). De ser negativa la respuesta a esta pregunta, la competencia entre colegios estaría privilegiando factores secundarios y no el relevante desde el punto de vista social. Más competencia incrementaría las diferencias en características frívolas en los colegios manteniendo una calidad baja e inmutable.
Se ideó un sistema para estimar la demanda estructural por colegios usando un modelo de elección discreta con preferencias estocásticas y características de los colegios que no son observables fácilmente (por los econometristas). Para dar mayor flexibilidad al modelo, se permite que las preferencias por las características de los colegios varíen de acuerdo a las características de los demandantes (así, a una familia rica puede importarle menos el costo del colegio, una familia religiosa puede preferir colegios confesionales, una familia tradicional puede preferir un colegio segregado respecto al sexo, etc.).
Se aplicó al modelo una base de datos SIMCE del año 2000, con datos de la Región Metropolitana que cubre unos 80,000 estudiantes de cuarto básico que asisten a más de 1,200 colegios distintos.
Los resultados apoyan en cierto grado el reclamo de los profesores: Los alumnos tienden a concentrarse de acuerdo a factores socioeconómicos (alumnos "ricos" o hijos de padres más educados, estudian en colegios donde los alumnos son, en promedio, "ricos" o donde los apoderados son más educados). Empero, esta concentración parece estar determinada por la demanda y no por la oferta. Si se eliminan de la muestra los colegios que tienen procesos de selección, los resultados se mantienen: padres más educados prefieren colegios con apoderados más educados.
Fuera de toda previsión, el resultado más importante es otro, a saber: los padres están respondiendo a la calidad de la educación (medida imperfectamente a través del SIMCE). Más importante aún, esta respuesta no es despreciable y los colegios reaccionan a ella de forma impresionante: por cada desviación estándar que un colegio sube en el puntaje SIMCE, la demanda por el mismo aumenta en 5 puntos porcentuales. En sentido inverso, por cada desviación estándar que aumenta esta elasticidad (demanda), los colegios reaccionan aumentando su SIMCE en 0.11 desviaciones estándar. Es por consiguiente un proceso auto-reforzante (círculo virtuoso) y los resultados no son despreciables. Recordemos que una desviación estándar en el SIMCE corresponde “grosso modo” a un año completo de educación extra en la materia cubierta.



















Todavía lo estoy digiriendo.
¿Pero no habrá otra forma de saber si un colegio educa mejor que otro, que no sea sólo por el rendimiento académico, tan sobrevalorado hoy en dia?
Saludos
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Juamp(i)
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